
NO HAY DEMOCRACIA VERDADERA Y ESTABLE SIN PARTICIPACIÓN
CIUDADANA Y JUSTICIA SOCIAL
(Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México)
Publicado el domingo, 28 de junio de 2009
Mensaje de los Obispos de México a los fieles
católicos, y a los hombres y mujeres de buena voluntad, ante las próximas
elecciones federales.
Introducción
México vive profundos cambios en su sistema político
[1]. El tránsito a la democracia ha
implicado para nuestro pueblo, la experiencia de encuentros y desencuentros, de
logros y fracasos. Si queremos hacer de
la democracia un estilo de vida, habrá que valorar críticamente las
experiencias, aprender de ellas y generar actitudes nuevas que nos permitan
decidir el rumbo de nuestra historia.
Las elecciones del próximo cinco de julio son una magnífica
oportunidad para hacerlo. El proceso electoral federal nos permitirá renovar la
composición de
la Cámara
de Diputados. Elegir a seis nuevos gobernadores, conformar nuevos Congresos
locales, presidencias municipales, la integración de
la Asamblea Legislativa
y las 16 delegaciones políticas del Distrito Federal.
Por esta razón, queremos ofrecer a todos los fieles de
la Iglesia Católica
,
a los hombres y mujeres de buena voluntad, el servicio de nuestro ministerio
pastoral y contribuir, desde lo que es propio de nuestra misión, en la consolidación de la
democracia en nuestro país.
Con la intención de hacer explícita la dimensión social del
evangelio[2], consideramos importante destacar la
importancia del actual proceso electoral en el contexto de los desafíos que
tiene la cultura democrática en México, pues no hay democracia verdadera y
estable sin justicia social, sin división real de poderes y sin la vigencia del
estado de derecho.[3] La democracia es un estilo de vida que implica
todas las actividades humanas de participación, representación y promoción[4], que requiere de un entramado
institucional y cultural fundado en valores y principios.[5]
Compartimos esta reflexión respetando el principio de
laicidad. La Iglesia
católica no es un sujeto político, pero si un sujeto social, cuya misión le
exige no perder su independencia ni autoridad moral para abogar a favor de los
pobres. Nuestra tarea es formar conciencias, defender la justicia, la verdad y
educar en la dignidad individual y política. Son los fieles laicos católicos
quienes, conscientes de su responsabilidad en la vida pública, deben estar
presentes en la formación de los consensos necesarios y en contra de las
injusticias.[6]
I. SITUARNOS EN LA REALIDAD
Vivimos tiempos difíciles que nos exigen actitudes definidas
y comprometidas. No podemos quedarnos en la pasividad provocada por el
pesimismo y el miedo. El desaliento en muchos casos puede ser expresión del
acercamiento simplista a la realidad e incapacidad por enfrentar los problemas.
Ante la realidad es necesario fortalecer en nosotros la esperanza y animarnos a
asumir de manera responsable nuestro compromiso ciudadano.
Sin justicia social no hay democracia
La crisis financiera global y sus desequilibrios nos está
afectando. La recesión económica agudiza las condiciones de vulnerabilidad de
grandes sectores de la población mexicana. Se hace más difícil superar la
pobreza ancestral, surgen nuevos rostros de la pobreza y aumenta el desempleo. Es
urgente que la democracia alcance un sistema económico más justo. Están a la
vista los excesos de las políticas neoliberales del sistema financiero que
entrega a los pobres a la voracidad de los dueños del dinero.
No se puede medrar con el hambre y la desesperación de los
ciudadanos en este momento de elevado desempleo, carestía y bajísimos salarios.
La magnitud de la pobreza y la acentuada desigualdad que se vive México, hacen
insuficientes los esfuerzos de los
distintos niveles de gobierno, lo que provoca insatisfacción en muchos
ciudadanos.
Los desafíos de la educación son serios y graves. En muchos
lugares no hay instalaciones dignas. La educación pública y privada tiene el
reto de educar en las virtudes sociales y formar hombres y mujeres con sentido
solidario, capaces de hacer frente a la seducción del individualismo salvaje y
de los espejismos del mercado. La capacidad de organización del magisterio,
debe tener un mayor sentido de
responsabilidad social, por encima de intereses de partido o de grupo y
canalizarse en favor de los educandos.
La violencia en nuestra sociedad es un hecho. Se manifiesta
de muchas maneras que agravian a la sociedad y que lastiman la convivencia
social. Es evidente el aumento del crimen organizado (narcotráfico, secuestros,
trata de personas, etc.); en torno a estas actividades ilícitas se han
constituido grupos de poder que desafían al Estado. El clima de inseguridad que
vive la población acentúa la percepción de un deficiente sistema de procuración
de justicia. Es preocupante la crisis de sentido ético que explica el
incremento de la corrupción, y que aunado a la frecuente impunidad, alienta la tentación
de vivir fuera de la ley.
Ante este panorama la sociedad no cuenta con instrumentos
jurídicos que le permitan exigir al Estado la vigencia de los derechos y
garantías reconocidos en la
Constitución y en los instrumentos internacionales firmados y
ratificados por México. Particularmente los derechos sociales consagrados
constitucionalmente son muy loables, pero la ausencia de instrumentos para
exigir su cumplimiento los convierte con frecuencia en “derechos de papel”.
Participación ciudadana
La unidad nacional es frágil. La sociedad está fragmentada.
Con facilidad se forman grupos en torno a ideales, aficiones, visiones e
intereses, y con la misma facilidad los gremios se confrontan al no compartir la
manera de ver la historia, de valorar las coyunturas, de enfrentar las
dificultades, de resolver los dilemas. El pluralismo social y cultural es
legítimo y enriquecedor, sin embargo, cuando se exacerba o cuando se violenta a
la sociedad, se favorecen desencuentros, se dificulta el diálogo y se impiden
los consensos. La polarización social dificulta la gobernabilidad.
En un país democrático la ciudadanía debe dar seguimiento a
las acciones de quienes ejercen el poder. El acceso a la información y la
liberalización de los medios masivos de comunicación, permiten que la
ciudadanía se informe de los errores, excesos, abusos, atropellos,
irregularidades y hasta delitos cometidos por sus gobernantes, pero no existe
forma de sancionarlos, lo que provoca sentimientos de decepción y frustración.
La difusión pública de los escándalos y la ausencia de vías para sancionar a
los malos gobernantes, acrecienta la percepción de impunidad, una de las
grandes debilidades del Estado mexicano.
La actividad democrática se ha reducido a la mera
participación en los procesos electorales. La aportación ciudadana, para su consolidación,
supone un estilo de vida que se cultiva desde la propia familia y actitudes
ordinarias que la favorezcan. Señalamos ciertos dinamismos culturales que
dificultan la participación de la ciudadanía en la vida democrática de nuestro
país: a) poner el interés propio o de grupo encima de las necesidades de la
nación, b) hacer prevalecer los
intereses individuales sobre los comunitarios c) justificar el recurso a
cualquier medio, d) considerar el quehacer político como algo sucio y e) incapacidad
de escucha y diálogo con quienes piensan diferente.
Vida democrática
Desconfianza en las instituciones y procesos electorales
Aún subsisten los efectos de la polarización generada en la
pasada elección presidencial. Ha disminuido la credibilidad en las autoridades
electorales y hay quienes abiertamente expresan su desconfianza en las instituciones
políticas del país. Hay algunos ciudadanos que ven con recelo la democracia,
que desalientan la participación y confían más en formas autoritarias de
gobierno.
Al interior de los partidos políticos confluyen corrientes
que manifiestan su poder en las distintas modalidades para la renovación de su
dirigencia o en la selección de candidatos a puestos de elección popular,
ocasionando fracturas internas y escisiones que no sólo debilitan a los
partidos mismos sino que provocan desencanto en la ciudadanía.
Es una realidad que a pesar de las reformas electorales el
gasto en las campañas sigue siendo altísimo. La ciudadanía demanda campañas
menos costosas y un mayor compromiso de los partidos. Un país con índices de
pobreza como los que hay en México no puede permitirse el lujo de hacer gastos
excesivos en las campañas electorales. Esos recursos podrían destinarse a impulsar
el combate contra la pobreza y el desarrollo social.
Insuficiente representatividad
La democracia en nuestro país es por definición una
democracia representativa. Sin embargo, la forma como se reciben o asumen las
decisiones que responden a los grandes desafíos de la vida nacional indica que
la ciudadanía no se ve representada en ellas. Las experiencias vividas y las
exigencias del momento piden revisar lo que ha significado la
representatividad.
Cuando la ciudadanía no encuentra, en los candidatos que se
le proponen, personas que puedan verdaderamente representarla en las instancias
de decisión, decide abstenerse de participar. Se sabe del daño que hace a la
representatividad una insuficiente participación en las elecciones, porque
cuando son pocos los que votan, es el voto de unos cuantos el que define la
elección. Quienes resultan electos tienen que enfrentar, además del descontento
y la sospecha de quienes no obtuvieron la mayoría, la falta de legitimidad,
pues ejercerán legalmente la representación que se les confía, pero sin la
necesaria aceptación y el respaldo de la ciudadanía. Esto debilita a las
instituciones políticas que colapsan cuando no hay en ellas una auténtica
representación popular.
Por otra parte es necesario reconocer que aún cargamos
lastres de una cultura política autoritaria. El avance en el camino democrático
requiere de instrumentos de democracia deliberativa, participativa y directa
que permitan a los ciudadanos y ciudadanas expresarse en torno a las grandes
decisiones que deben tomarse para la vida de la nación. Existen ejemplos de
buenas prácticas en algunos gobiernos municipales y en muchas comunidades
indígenas aunque no todas se han consolidado en un marco legal.
Los medios de comunicación
Los medios de comunicación son un verdadero signo de los
tiempos en nuestra era. Su contribución a la consolidación de la democracia es importante.
Por su capacidad de influencia han sido llamados el cuarto poder. Quienes
ejercen dominio sobre ellos tienen una gran responsabilidad social. Advertimos
con preocupación que, por la influencia de los medios, la conciencia de muchas
personas, de distintas edades, se adormece con el veneno cotidiano de la
violencia, el sexo, el desenfreno, la mentira, la infidelidad, la desfiguración
de la palabra y de la realidad política y económica.
II. EL APORTE DE
LA IGLESIA PARA
LA CONSOLIDACION DE
LA DEMOCRACIA
Ante esta situación de carestía global de alimentos, de
desbarajuste financiero, de pobrezas antiguas y nuevas, de cambios climáticos
preocupantes, de violencias y miserias que obligan a muchos a abandonar su
tierra buscando una supervivencia menos incierta, de terrorismo siempre
amenazante, de miedos crecientes ante un porvenir problemático, es urgente
descubrir nuevamente perspectivas capaces de devolver la esperanza.[7]
« ¿Cómo puede
contribuir la Iglesia
a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al
gran desafío de la pobreza y la miseria?»[8] Encontrar la respuesta nos concierne a
todos. Los Obispos de la Iglesia
en México, a la luz de la
Palabra de Dios, queremos “reconocer los signos de Dios en
todas las fatigas del hombre dirigidas a hacer el mundo más justo y habitable”[9] y, con la ayuda de la Doctrina Social de
la Iglesia,
nos proponemos ofrecer algunos criterios éticos y “apoyar la participación de
la sociedad civil para la reorientación y consiguiente rehabilitación ética de
la política”[10].
El Buen Pastor nos enseña a ubicarnos de manera responsable
en la sociedad
En el evangelio, a través de una hermosa comparación, Jesús
se presenta a sí mismo como modelo de Pastor[11]
(Cf. Jn 10,1-18). Quienes quieran o pretendan apacentar a sus ovejas, tendrán
que parecerse a Él. Jesús fue muy sensible ante la carencia de verdaderos
pastores, de verdaderos líderes; se conmovió ante la muchedumbre porque “estaban
como ovejas sin pastor” (Mc 6,34).
Las ovejas, símbolo del pueblo, no siguen a un extraño,
huyen de él porque no identifican su voz, en cambio siguen a su pastor porque
lo conocen y están familiarizadas con él. El buen pastor por su parte, conoce a
sus ovejas, les procura lo que necesitan para la vida, no las abandona, no
piensa en cómo aprovecharse de ellas, sino en el bien que les puede hacer. Para
que haya buenos pastores es necesario que las ovejas tengan un profundo
conocimiento de quienes se presentan como sus pastores. Deben saber si les
quieren hacer el bien o si pretenden aprovecharse de ellas y distinguir a los
verdaderos pastores de los que sólo quieren vivir a costa suya.
A la luz de este icono evangélico del Buen Pastor,
reflexionemos ahora en la naturaleza de la actividad política que ofrece a los
cristianos un camino serio y difícil para cumplir el deber de servir a los
demás.[12]
Colocar la persona al centro de la actividad política
La persona humana es el fundamento y el fin de la
convivencia política[13] y del bien común[14],
que es la razón de ser de la comunidad política. De esta afirmación deriva la
dimensión ética de la política que es necesario tener en cuenta,
particularmente cuando la actividad política parece condicionada por el poder
financiero, por la influencia de los medios de comunicación y por los avances
de la técnica.
Considerar a la persona humana como fundamento y fin de la
actividad política y aceptar el consiguiente orden ético, anima interiormente a
la inteligencia y la voluntad a buscar lo que es bueno y verdadero para todos,
propicia y orienta el diálogo social e impulsa la participación solidaria, que
en definitiva es lo que constituye y dinamiza la comunidad política. El significado
profundo de la convivencia civil y política no está en la lucha de fuerzas;
sino que se encuentra en la amistad civil[15].
Esta implica ver en los demás, no adversarios, sino semejantes, con quienes es
más lo que nos une que lo que nos separa.
El sujeto de la comunidad política es el pueblo
La comunidad política encuentra en su referencia al pueblo
su auténtica dimensión.[16] De aquí surge el imperativo de la
educación de la conciencia social del pueblo para que de acuerdo a los valores
que lo congregan, sepa discernir en cada momento el bien verdadero de la
comunidad y sus integrantes, así como sus exigencias morales para realizarlas
en orden a la felicidad personal y a la convivencia social pacífica y ordenada.
Un camino para ello es la práctica de las virtudes sociales.
Es necesario, mediante la formación cívica, superar la
confusión que muchas veces se da entre lo que es el gobierno y lo que es el
Estado.[17] En la medida que la ciudadanía de
nuestro país se descubra a sí misma como parte del Estado, se asumirá como
responsable. De la soberanía nacional.[18]
Entre los elementos fundamentales a tener en cuenta en la
educación de la conciencia de los pueblos se pueden señalar entre otros: a)
mostrar a todas las personas que en ellas hay una natural capacidad de conocer,
de querer y de elegir la verdad y el bien; b) formar en los derechos humanos y
en los deberes correspondientes, individuales y sociales, sin separarlos de su
fundamento ético que se encuentra en una concepción antropológica integral; c)
formar en el uso crítico de los medios de comunicación que tienen una fuerte
capacidad en formar las conciencias o de adormecerlas mediante la cultura del
consumo y de la violencia. La sociedad tiene derecho a una información fundada
en la verdad, libertad, justicia y solidaridad.[19]
La justicia es el objeto y la medida intrínseca de la
política
Los cristianos estamos llamados a vivir la fe orientando
nuestro comportamiento por las exigencias de la justicia. La construcción del
orden justo de la sociedad es tarea de la actividad política y ésta goza de
legítima autonomía[20]. La política no puede reducirse a
simples técnicas para determinar ordenamientos públicos. Su origen y meta están
en la justicia y ésta es de naturaleza ética.[21]
La justicia es una virtud dinámica y viva que defiende y
promueve la inestimable dignidad de las personas y se ocupa del bien común,
tutelando las relaciones entre las personas y los pueblos. La justicia, al
mismo tiempo virtud moral y concepto legal, debe ser vigilante para asegurar el
equilibrio entre los derechos y deberes, así como promover la distribución
equitativa de los costos y beneficios. La justicia restaura, no destruye;
reconcilia en vez de instigar a la venganza.[22]
Es deber propio del Estado procurar la justicia y garantizar
a cada uno, respetando el principio de subsidiariedad, su parte de los bienes
comunes[23].
Por su parte, la
Iglesia no puede quedarse al margen de la lucha por la
justicia. Se inserta en ella a través de la argumentación racional y
despertando fuerzas espirituales sin las cuales la lucha por la justicia no
puede afirmarse ni prosperar. El deber inmediato de actuar a favor de un orden
justo en la sociedad es propio de los fieles laicos, que como ciudadanos del
Estado están llamados a participar en primera persona en la vida pública, es
decir, en nombre propio y bajo su propia responsabilidad[24],
dado que de una misma fe pueden surgir distintas opciones[25].
La construcción de un orden social y estatal justo es tarea
fundamental de cada generación. En ella, los fieles cristianos que viven su
compromiso político como caridad social[26],
deben responder a las exigencias de la justicia para evitar que la búsqueda del
propio interés y el afán de poder opaquen y desvirtúen su intención de servir a
los demás. Para ello cuentan con la doctrina social que les ofrece un horizonte
de diálogo, a partir de la razón y desde lo que es conforme a la naturaleza de
todo ser humano.[27]
La autoridad como fuerza moral
La autoridad política es necesaria en razón de la tarea que
le es propia y debe ser un componente positivo e insustituible de la
convivencia civil. Su tarea es garantizar la vida ordenada y recta de la
comunidad, sin suplantar la libre actividad de personas y grupos, sino
orientándola hacia la realización del bien común, respetando y tutelando la
independencia de los sujetos individuales.[28]
La autoridad tiene la obligación de reconocer, respetar y
promover los valores humanos y morales esenciales que no se fundan en mayorías
de opinión. Si así fuera serían provisionales y cambiables. Tiene la tarea de
mandar según la recta razón y de obligar por su conformidad con el orden moral.
Sus leyes y ordenamientos son justos en la medida que promueven la dignidad de
la persona humana. La obediencia que el ciudadano debe a la autoridad se
fundamenta en el orden moral al que ésta sirve. Si la autoridad no actúa en
orden al bien común, desatiende su fin propio y se hace ilegítima.
III. ALGUNOS DESAFIOS PARA
LA CONSOLIDACIÓN DE
NUESTRA DEMOCRACIA
Contribuir al fortalecimiento de una democracia integral
No está en discusión el valor de la democracia, aunque
tenemos problemas en las modalidades de su ejercicio y en las condiciones
sociales, económicas y políticas, nacionales e internacionales, que la hacen
posible. Es necesario trabajar por fortalecerla recuperando en la conciencia
social el sentido de la ciudadanía y el valor del principio de
representatividad, colocando en el horizonte de la actividad política el
compromiso por la justicia social.
Para contribuir al fortalecimiento de la democracia
integral, nuestro aporte está fundamentalmente en la educación, pues a través
de ella “es posible construir una cultura más participativa, representativa y
respetuosa de la dignidad humana en todos los ámbitos, es decir, una cultura de
la democracia.”[29]
Por ello proponemos en el corto plazo, impulsar, en los
espacios creadores de cultura y con distintos actores relevantes en la
construcción de una cultura democrática[30],
distintas actividades de formación que promuevan la participación ciudadana, insistiendo
en los valores que fundamentan la democracia, en sus elementos sustanciales,
estructurales y de procedimiento y en la importancia del principio de
representatividad.
Consideramos además que es importante que en espacios
plurales de diálogo se estudie y analice la conveniencia de seguir avanzando en
nuevas formas de participación política ciudadana, tales como el plebiscito, el
referéndum, la iniciativa popular y la revocación del mandato, de manera que se
puedan dar avances legislativos en esta materia.
Asegurar una adecuada representatividad
Nuestra democracia es una democracia representativa. Recordemos
que los representantes no son simples agentes pasivos de los electores y que
sus objetivos no dependen exclusivamente de los intereses de partido, sino de
la actuación del bien común.[31]
La representación política tiene una dimensión moral irrenunciable que
consiste en el compromiso de compartir el destino del pueblo y en buscar
soluciones a los problemas sociales. Se requiere que la autoridad sea ejercida
mediante el recurso a las virtudes que favorecen la práctica del poder con
espíritu de servicio -paciencia, modestia, moderación, caridad, generosidad- y
que sea ejercida por personas capaces de asumir, como finalidad de su actuación,
el bienestar de todos y no el prestigio o el logro de ventajas personales.[32]
Una adecuada representatividad exige a los representantes y
representados evitar la corrupción política. Este cáncer de la democracia
traiciona los principios éticos y las exigencias de la justicia social,
compromete el correcto funcionamiento del Estado introduciendo la desconfianza
en las instituciones políticas y el menosprecio de los ciudadanos por la
política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las
instituciones.[33]
Un candidato a representante debería llenar el siguiente
perfil ético mínimo:
La honestidad es un criterio fundamental para percibir al
candidato como confiable, transparente, coherente, persona de valores como la
veracidad, la lealtad, la honradez. Es el principal antídoto contra la
corrupción.
El conocimiento de las necesidades de la gente. Esto supone
cercanía y sensibilidad. No basta el conocimiento técnico, es necesario un
conocimiento directo que le permita descubrir las exigencias del bien común
tanto en el nivel local como nacional.
Compromiso con la reconciliación y la justicia. Es una
exigencia ética y un imperativo de la realidad que vivimos. Sólo representantes
con un profundo sentido de justicia lucharán, desde el ámbito que les es
propio, contra la pobreza y la desigualdad, contra la inseguridad y la
violencia, contra la fragmentación social.
Capacidad suficiente. No basta la buena voluntad, las tareas
de representación son distintas. Una función administrativa y una tarea
legislativa requieren formación y capacidades diversas que no se improvisan. La
demagogia siempre es engañosa.
Sensibilidad por los pobres, por los excluidos, por los
indefensos, demostrada no sólo en las campañas electorales, sino en su vida
diaria.
Nos proponemos impulsar, como lo hemos hecho en otras
ocasiones, el voto responsable. No entendemos por ello ni proselitismo político
ni política partidista. No pretendemos utilizar nuestro ministerio para influir
en los fieles para que voten por una opción determinada, sino exhortarles para
que disciernan críticamente y decidan conforme a su conciencia rectamente
formada.
Re-valorar la función de los partidos políticos
Hoy los partidos políticos tienen una gran responsabilidad
en el fortalecimiento de la democracia, por ello “… deben hacer siempre un
serio esfuerzo para representar de un modo auténtico las aspiraciones y
necesidades del pueblo.”[34]. Para hacer frente a esta
responsabilidad deben atender a algunos desafíos: alcanzar la armonía; respetar
en sus procesos internos los derechos políticos de los militantes; formarlos en
su filosofía e incrementar su militancia con ciudadanos convencidos en su
declaración de principios y en su propuesta política.
La función política de los partidos no se limita sólo a los
procesos electorales. Los partidos deben ser instancias permanentes de
formación política. Hoy ningún partido puede pretender tener la verdad
absoluta, ni la solución única a los problemas de la comunidad. Esto exige
apertura al pluralismo, tanto dentro del partido como en su relación con otras
instancias de participación social y política.
La militancia partidista pide actitudes nuevas a la hora de
plantear la propuesta política. Hoy es necesario atender, con respetuosa
escucha, a las demandas, aspiraciones y necesidades del pueblo. En otras
palabras, primero escuchar, después proponer. Este diálogo, escucha y
propuesta, no puede limitarse a los militantes del propio partido, ni
plantearse sólo como estrategia para captar el voto de los indecisos. Es un
auténtico servicio a la ciudadanía que fortalece a la comunidad como sujeto de
su historia.
Impulsar una responsable participación ciudadana
Necesitamos un horizonte cultural capaz de hacer germinar y
de suscitar el renacimiento de la vida política. Esto no será posible sin una
responsable participación ciudadana. El sistema político democrático exige el
protagonismo de los ciudadanos en la vida pública; por eso los cristianos
tienen que participar activamente en ella, pues no basta tener fe y querer
hacer el bien, es necesario además dar vida a las instituciones de la vida
pública y actuar con eficacia dentro de ellas.[35]
Los cristianos no pueden eximirse por tanto de participar en
las tareas políticas, pues se trata de un derecho y un deber que debe ejercerse
en el marco de una sociedad pluralista. Su participación puede tener varios
cauces entre los que destacan los partidos políticos, las organizaciones de la
sociedad civil y cuando se trata de las jornadas electorales, el ejercicio del
derecho al voto o la participación como funcionario de casilla, el apoyo de
observador electoral. En cada caso han de conducirse con ejemplaridad, con
sentido de responsabilidad y siempre con voluntad de servicio.
La educación cívica y política debe integrar dos
dimensiones: la moral y la técnica. De esta manera quienes se dedican a la
actividad política y se dicen cristianos serán al mismo tiempo que competentes
moralmente íntegros, capaces de reconciliar la ética con la política. Este es
el aporte decisivo de los cristianos al quehacer político en la sociedad
democrática.
Para ser testigos de la esperanza hay que superar la
tentación del desaliento que justifica la abstención. No se puede cambiar en
pocos años ni en los primeros intentos un sistema y estilo de vida autoritario que
se construyó por décadas.
Además de participar responsablemente en los procesos
electorales, alentamos a la ciudadanía a que tenga una actividad pública más
consistente y permanente, ya que la democracia
requiere de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de
estructuras de participación y corresponsabilidad.[36] Esta participación es muy importante para la
promoción de las reformas necesarias a la arquitectura institucional del Estado
de derecho.
Reconociendo que la información es uno de los principales
instrumentos de participación democrática, es necesario asegurar un pluralismo
real en este ámbito de la vida social. Se deben garantizar múltiples formas e
instrumentos en el campo de la información y la comunicación, y las condiciones
de igualdad en la posesión y uso de dichos instrumentos mediante leyes
apropiadas, para asegurar la no subordinación de los intereses públicos a los
intereses comerciales, particulares o de cualquier esfera de poder.
Es indispensable que se refuercen las garantías de
protección a los periodistas, que ofrecen un valioso servicio cuando sirven a
la verdad, el respeto a la libre expresión y el acceso a la información pública
y la transparencia, así como el compromiso de los medios de conducirse
éticamente, ser rigurosos en la cobertura noticiosa y responsables en su labor
de orientación social.
Seguir impulsando el crecimiento de la sociedad civil
La sociedad civil es la comunidad organizada para alcanzar
la satisfacción de necesidades o la realización de ideales compartidos. A
través de su participación en los procesos sociales, políticos y económicos del
país o de sus localidades, se convierte en interlocutora de todas las
instituciones, en especial del Estado. El surgimiento de la sociedad civil es
muy necesario para redefinir la tarea política en términos de convivencia y de
atención a las prioridades nacionales y locales, pues “son muy importantes los
espacios de participación de la sociedad civil para la vigencia de la
democracia, una verdadera economía solidaria y un desarrollo integral,
solidario y sustentable.”[37]
Alentamos el fortalecimiento de redes ciudadanas de la
sociedad civil organizada, legalmente constituida y supervisada y éticamente
fundamentada. Es conveniente promover el
crecimiento de la sociedad civil en el nivel local, lo que supone desarrollar
el sentido de pertenencia a la comunidad, el compromiso, la generosidad, el
sentido moral y el interés por los asuntos públicos. La vertebración ciudadana favorecerá
que nuestra democracia, además de representativa, sea participativa.
CONCLUSION
En esta reflexión exhortamos a los fieles católicos, hombres
y mujeres de buena voluntad a contribuir a la consolidación de la democracia y
a que participen en el proceso electoral en curso y animar a otros a hacerlo. Es
importante asumir un estilo de vida democrático y promoverlo cada quien en el
ámbito de su competencia.
A nuestros hermanos sacerdotes les invitamos a asumir
responsablemente su tarea de formación de la conciencia de los fieles
católicos, respetar en todo los derechos políticos de la ciudadanía, cuidarse
de no identificar su ministerio en favor de los pobres y de la justicia con
posiciones partidistas, y fortalecer en
los distintos espacios la vida
comunitaria, la participación y formas civilizadas de convivencia, fundadas en
el respeto a la dignidad de las personas.
A los padres de familia, les invitamos a revisar el estilo
de vida familiar para superar las formas autoritarias por formas participativas
y, en la medida de lo posible, democráticas. A las instituciones educativas, en
especial las de inspiración cristiana, las exhortamos a integrar auténticas
comunidades educativas, que más allá de una educación individualista, se hagan
responsables de la transmisión y vivencia de las virtudes sociales y políticas.
A los comunicadores, particularmente a los que se confiesan
católicos, les animamos a vivir su profesión como un apostolado, al servicio de
la verdad, del bien común y de la democracia. A quienes participan en
organizaciones de la sociedad civil les alentamos a no desanimarse ante las
dificultades y a continuar con renovado entusiasmo su compromiso por fortalecer
la subjetividad de la sociedad.
A quienes están comprometidos en la actividad política,
tanto en la militancia partidista como en puestos de representación y servicio
publico y se confiesan católicos, les exhortamos a asumir con valentía, audacia
y creatividad, la dimensión ética de la política, a vivirla como caridad
social, a impregnar su ambiente de trabajo con una opción decidida por la
justicia y por el desarrollo integral de las personas, particularmente las más
pobres, así como ser fieles a su conciencia cristiana que les pide la promoción
de la dignidad humana y el respeto de la vida en todas sus etapas.
Invitamos a todos a mantenernos unidos en la esperanza.
Creemos en un Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el
extremo y “sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda
sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su
naturaleza es imperfecto.”[38] Para ello, impulsaremos una campaña de
oración por nuestra patria, por nuestros gobernantes y por quienes aspiran a
serlo, para que el proceso electoral en curso y la participación ciudadana
contribuyan a la consolidación de nuestra democracia.
La cercana celebración del bicentenario de la Independencia y del
centenario de la
Revolución Mexicana, más allá de fiestas emotivas propicias
para el derroche de recursos, han de ser la oportunidad para avanzar en nuestra
democracia, en el desarrollo de una conciencia ética de nuestros políticos y de
una conciencia cívica en la ciudadanía, y en particular para los cristianos en
la conciencia de la dimensión política de nuestra fe.
Como Obispos de la Iglesia sabemos que es urgente dar seriedad y
credibilidad a la continuidad de nuestras instituciones civiles, defender y
promover los derechos humanos, custodiar en especial la libertad religiosa y
cooperar para suscitar consensos nacionales en todo lo que sea vital para el
bien común de la nación.[39]
Encomendamos a Santa María de Guadalupe, madre de México,
los esfuerzos por consolidar la democracia en nuestro país, para que en su
casa, que es toda nuestra patria, logremos reconocernos hermanos y vivir en
fraternidad.
México, D.F., a 24 de abril de 2009